El peso de tu cara

Me gusta tu cara fina y morena, con sus líneas duras que contrastan en tus labios y tus cejas espesas siempre presentes. Con tus ojos libres e irreverentes, que me lo dicen todo solo cuando tú quieres.

Me gusta sentir tu peso sobre el mío, tu pecho sobre el mío. El duelo de nuestra respiración que existe solo después de nutrirse y rendirse, de entenderse y acompañarse. El intercambio de fluidos, miradas, besos y caricias que van desde los pies hasta la frente. El incesante recorrido de nuestros dedos, de tu barbilla y de tus labios.

Me gusta tu lentitud que esconde vehemencia. Ese juego tuyo en el que me gusta perder. Un dejarme ir en el control de tu deseo, en el cual me vuelvo consciente dentro de un espacio íntimo que lentamente exploro, toco y saboreo, logrando de vez en cuando arrancarte un gemido sincero.

Me gusta tu cara, fina y morena. Que refleja todos tus movimientos. Que entiende que las palabras que hemos dicho se acompañan de nuestros cuerpos, y de besos a veces incompletos que terminan en sonrisas o carcajadas, y que aterrizan a ojos cerrados con tu frente en mi hombro.

Me fundo en el peso de tu cuerpo sobre el mío, reflejado en tu cara coqueta y ligera que de vez en cuando se esconde en mi pecho, penetrando mi cuerpo ayudado del sudor, dejándonos unidos en lo que parece ser una sola masa, pegada por horas compartidas llenas de juegos, risas y sentimientos.

4 días contigo, 4 días sin tí

Te escribo sin saber por qué o para qué. Escribo extrañándote. Extrañando algo que me quema solo cuando estamos lejos. Cierro los ojos y vuelvo a vivirlo poco a poco. Mis pasos queriendo alcanzar mis latidos. ¿A los cuantos abrazos se enamora uno? Estás ahí parado, recibiéndome como si se tratara de un viejo conocido, algún querido tuyo de rutina que comparte eso mío que es tan tuyo. Un reflejo del espacio que existe en la armonía de un sin saber. Que fluye dentro de los amantes pasajeros, las caricias cómplices y los besos apasionados. De los encuentros y los desencuentros. De ese piel con piel que desnuda el alma. La desgarra. La hace pedazos sin hacerla menos. Se convierte en conocedora de nuevas formas de querer.

Querer con compañía. Querer a la compañía. Quererte solo a ti. Solo a ti en un espacio íntimo, cuando el cansancio vence a los ojos y tu mano acaricia mi cara. Pasando de mi cien a mi barba y marcando un pequeño camino que se ha de repetir lo que yo quisiera fueran un sin fin de vaivenes. De mi casa a tu cama. A tus piernas. A ver tu espalda perfectamente lisa subir y bajar, emanando ese dulce olor a coco que me hace besar tanto como puedo. A abrazarte y quedarme dormido esperando que el sueño se convierta en día a día. Y que ese día a día siga fluyendo a tu lado. Mentiras que me cuento a mi mismo sabiendo que lo efímero es lo constante y que las ansias que me comen son las mismas que podrían alejarte.

¿Te quiero? Te quiero en tus palabras que nos hacen conocernos de tiempo, que me hacen verme en ti y en mi y en el desfile de hombres que comparten nuestro encuentro. En ese anonimato que con el cariño suficiente se convierte en amor. En un amor crudo que vibra y que estremece mi cuerpo. Ese amor que nutre el alma y que debe ser dosificado para evitar el sofoco. Porque los días se sienten como semanas y los besos como historias de amor contadas cada noche de manera distinta.

Te escribo desde esas ansias de asfixia. Desde ese querer más. Desde un te escribo para no enamorarme más sabiendo que es inevitable. Te escribo porque quiero deshacernos. Te escribo para plasmarnos. Te escribo porque pienso en tu amor repartido del que quiero un poquito más, siempre mientras sea ahora. Mientras esta magia de lo nuevo-viejo me siga quemando. Mientras esta chispa reavivada que comenzaba a apagarse sea una flama que me grite que corra y que corra para vivirlo de nuevo tantas veces como sea posible. En un vaivén de mi casa a tu espalda. De mi barba a tus yemas. De tu boca a la suya y a la mía y a la tuya. A un abrazo que nos funda en el placer de repetirnos sin saber hasta cuando. Sin saber por qué o para qué. Te quiero.

3525~ km 18-I-2X14

Dije que te escribiría de vez en cuando, no sé si termine algún día pero mientras pueda lo hago.  Redactar es un alivio a pensarte, a tratar de darte un significado. Me doy cuenta que ahora eres la incógnita de unos días más, la nostalgia de horas que se respiren en segundos: el todo lo que imaginaba pero que ni siquiera pensaba: mi amante prometido clavado en el destino.

Recientemente me hablaron de las bendiciones y leí sobre los clásicos. Es raro pensar en vidas pasadas, en historias relatadas por personas que parecen tan cercanas. Apreciar las acciones por el esfuerzo, las palabras por sus vibraciones y el pensamiento por su influencia. ¿A qué grado estamos motivados a expresar lo que sentimos? Que de no ser por tu ocurrencia no te hubieras adherido, no habría razón para analizar las citas, el lugar, las decisiones. Días antes del tres del mes estuve en el mismo sitio, rechazado por olvidar mis documentos: malentendido que unió nuestro camino.

Hace años me explicaron que en la vida todo podía apreciarse como un milagro; deduje que la ciencia y la religión son dos caras de una moneda, que una intenta explicar los milagros a través de hechos y viceversa; que la razón y fe no son contrarias sino que convergen a través de lo humanamente formulado; que el arte es una expresión del alma que permite comunión: esa unión sagrada que acerca a alguien en amor. Y que si hablamos de un orden mayor nombrémosle por partes, entendamos que el amor es un resumen, un conjunto de bendiciones construidas por lecciones que al ser meditadas dan frutos como la intuición, una guía en el abismo, un latido con dirección. Camino entretejido, con vueltas y finales de cabos bien atados, esperanzas y promesas impronunciables.; pasos y saltos dirigidos por lo no visible; estática creada por lo imprevisible. 

Junto a ti será siempre uno de  mis lugares favoritos, al menos en el recuerdo. Atardeceres llenos de emoción plasmadas en colores, cristalizados por tus pensamientos. Un golpe reducido mil veces por el miedo, atenuado otras mil por tu alegría y desvanecido mil más por el romance.

Por el momento me sigo preparando. Conozco mi cuerpo de varias maneras y me encuentro nuevamente con la paciencia. Aunque cuesta trabajo vale el resultado: no todos los días existe la promesa de sumergirse junto a un sueño, sabiendo que de por vida nos ha separado la inmensidad y que estaremos juntos por brevedad. Fuerza. Paciencia. Námaste. Que la celeridad de la vida no nos sumerja sin dejarnos respirar, que la inmensidad calme suficiente para dejarnos navegar. Que nuestros pensamientos nos atrapen en claridad, nuestras palabras resuenen en alegría y nuestras acciones nos reencuentren algún día.

Con mucho cariño,

C.

3525~ km 13-I-2X14

Evito la modestia y te digo que me amo a mí mismo; que estoy suficientemente enamorado de la vida para permitirme caprichos. No temo vivirme en locura y mucho menos convertirme en placer. Me quiero lo suficiente para saber ser soltero; ser coqueto y galán pero no embustero. Sin embargo eso no significa que siempre haya letras, que siempre exista quien inspire palabras y logre impregnarlas en mi cabeza. Estar acompañado es complejo. Conocer a una persona, comprenderla y darnos el tiempo para vernos nuestros, sentirnos algo propio. 

Intereses, lugares y ambiciones en común: se comparten, abundan, por algo la palabra para referirse a la recurrencia. Lo sabroso de la vida para mi está en compartirlos con alguien que además se apasione por ellos, que sepa mostrarme los espacios y hablarme de autores y artistas con el corazón en la mano. Recorrer un lugar contigo es aprehenderlo por primera vez; conocer los detalles que te mueven y me hipnotizan por instantes es repensar mi entorno. 

No sé de años planeados en un solo día ni de vidas que se crucen para contar su historia en horas, pero sé que todo tiene un comienzo por más breve que sea. 

Tres de enero, diez de enero. Fechas nuevas para creer en los milagros, para entenderlos como los sucesos poco probables: como la cita con el médico de cabecera que no podía ser a otra hora, o el descuido de un profesional que decidió hacer esperar a su paciente. ¿Diez minutos? ¿Quince? Una eternidad para ti y para mi. Me urge irme de este lugar. Yo no estoy enfermo, no vengo a sanar. Tus ansias explotan, no sabes a dónde moverte ni cómo hablar, pero tu mirada se dirige a mi buscando identidad. No es que yo tenga un mal de amores o que tú cuentes relaciones tormentosas. Sería agregarle romance al lugar, decir que sanar es parte del camino y no un evento rodeado de paredes y batas blancas; que el conocernos es recetarnos una desdicha cuyas bondades alcancen a matizar el malestar. 

No alcanzas a ser mi pasado ni te quedas en recuerdo; eres más como un presente alterno: un futuro incierto. Alguien que me habla del destino, que se nutre del tiempo marcándole un sentido al compromiso. Qué incómodo es haberte conocido estando tan lejos. Qué incómodo es haberte encontrado sin estar buscándote. Qué incómodo que hayas llegado a mi vida sin saber lo que quería, pero con el constante anhelo de conocerte algún día; qué bueno es saber que al menos existes en algún lugar del mundo; que las distancias se desvanecen cuando se comparten momentos y que por lo menos, en algún punto habremos de encontrarnos, siendo ajenos o siendo propios, pero felices sin duda.

Por inicios memorables y transiciones tormentosas: por una incertidumbre tan incómoda que solo se presta para ser explorada. Es un hasta pronto formulado por orates, marcado por ilusiones y anhelos. Que no muera el romance y mucho menos la memoria.

Con cariño,

C. 

Mis días nublados no.

A labios cerrados te prometí el anonimato, conjurar tu nombre se convirtió en mi placer. Todo porque en un solo beso nos hicimos cómplices: cómplices de la inocencia y de la poca experiencia; cómplices de lo desconocido y de la poca prudencia. Con tus palabras me convertiste en poesía escribiéndome a tu antojo en cada uno de tus gestos.


Un abrazo y no te suelto, te separas y me miras, busco tus labios y entre sonrisas te apresuras a marcar tu camino: de nuestras bocas a mi cuello, y de mi cuello te envuelves de nuevo. Tu relámpago por primera vez me quema los labios, arden durante meses con tu recuerdo, acompañados por una promesa de dedos entrelazados que figuran no apartarnos.
Música, arte y cerveza. La vida es buena, mejor contigo. Sin más, decides ser amigos. Me parto, no entiendo, me devuelvo.


Más gente, más vidas, más lío. Pero finalmente soy correspondido, entiendo la entrega y la pasión, la confianza y sobre todo, la paciencia. No estás lejos, lo sabes. Te evito, te corto y te olvido; tan fácil como decides marcharte, regresas. Y con esa magia tan tuya consigues volverme en existencia. Sin embargo, soy ajeno. Desconozco el lenguaje decidiendo cerrarte. Imposible. Te impregnaste.


Poco tiempo pasa siendo que la vida es buena, mejor soltero. Te extraño, te conjuro. Una vuelta al Sol y ya no somos los mismos. Cuatro estaciones que nos cantaron verdades mostrando caminos. Tu primer compromiso formal; mi primera ruptura del mismo. Brillas para descubrir mi sombra, envolviéndome en tu anonimato. Más fuerte, me iluminas. Me recuerdas por qué el olvido, renuevas lo bueno que es estar contigo. Mis labios ya no arden ni tus palabras surten su efecto.


Eres mi más grande enigma. Eres el acto perfecto. Sin ser farsante me dibujas en tu vida, sin posibles intenciones tus palabras me reflejan. Me entiendo sin comprenderte. Eres la dosis de Bukowski: fuerte pero no letal; vivo muerte tras muerte.

Si llegaras a enterarte dame tu amistad pero dámela a distancia. Obséquiame el tiempo para asimilarla. De necesitar consuelo, cuéntame tus dichas. Solo promete una cosa: no llevarte mis días nublados. Porque fue en ellos donde descubrí que somos uno viviendo en dos; fue en la sombra donde encontré tu armonía y en la lluvia donde aprecié tu belleza, viviendo tu luz desde el anonimato; desde un simple conjuro; desde un eterno placer.