Evito la modestia y te digo que me amo a mí mismo; que estoy suficientemente enamorado de la vida para permitirme caprichos. No temo vivirme en locura y mucho menos convertirme en placer. Me quiero lo suficiente para saber ser soltero; ser coqueto y galán pero no embustero. Sin embargo eso no significa que siempre haya letras, que siempre exista quien inspire palabras y logre impregnarlas en mi cabeza. Estar acompañado es complejo. Conocer a una persona, comprenderla y darnos el tiempo para vernos nuestros, sentirnos algo propio.
Intereses, lugares y ambiciones en común: se comparten, abundan, por algo la palabra para referirse a la recurrencia. Lo sabroso de la vida para mi está en compartirlos con alguien que además se apasione por ellos, que sepa mostrarme los espacios y hablarme de autores y artistas con el corazón en la mano. Recorrer un lugar contigo es aprehenderlo por primera vez; conocer los detalles que te mueven y me hipnotizan por instantes es repensar mi entorno.
No sé de años planeados en un solo día ni de vidas que se crucen para contar su historia en horas, pero sé que todo tiene un comienzo por más breve que sea.
Tres de enero, diez de enero. Fechas nuevas para creer en los milagros, para entenderlos como los sucesos poco probables: como la cita con el médico de cabecera que no podía ser a otra hora, o el descuido de un profesional que decidió hacer esperar a su paciente. ¿Diez minutos? ¿Quince? Una eternidad para ti y para mi. Me urge irme de este lugar. Yo no estoy enfermo, no vengo a sanar. Tus ansias explotan, no sabes a dónde moverte ni cómo hablar, pero tu mirada se dirige a mi buscando identidad. No es que yo tenga un mal de amores o que tú cuentes relaciones tormentosas. Sería agregarle romance al lugar, decir que sanar es parte del camino y no un evento rodeado de paredes y batas blancas; que el conocernos es recetarnos una desdicha cuyas bondades alcancen a matizar el malestar.
No alcanzas a ser mi pasado ni te quedas en recuerdo; eres más como un presente alterno: un futuro incierto. Alguien que me habla del destino, que se nutre del tiempo marcándole un sentido al compromiso. Qué incómodo es haberte conocido estando tan lejos. Qué incómodo es haberte encontrado sin estar buscándote. Qué incómodo que hayas llegado a mi vida sin saber lo que quería, pero con el constante anhelo de conocerte algún día; qué bueno es saber que al menos existes en algún lugar del mundo; que las distancias se desvanecen cuando se comparten momentos y que por lo menos, en algún punto habremos de encontrarnos, siendo ajenos o siendo propios, pero felices sin duda.
Por inicios memorables y transiciones tormentosas: por una incertidumbre tan incómoda que solo se presta para ser explorada. Es un hasta pronto formulado por orates, marcado por ilusiones y anhelos. Que no muera el romance y mucho menos la memoria.
Con cariño,
C.