4 días contigo, 4 días sin tí

Te escribo sin saber por qué o para qué. Escribo extrañándote. Extrañando algo que me quema solo cuando estamos lejos. Cierro los ojos y vuelvo a vivirlo poco a poco. Mis pasos queriendo alcanzar mis latidos. ¿A los cuantos abrazos se enamora uno? Estás ahí parado, recibiéndome como si se tratara de un viejo conocido, algún querido tuyo de rutina que comparte eso mío que es tan tuyo. Un reflejo del espacio que existe en la armonía de un sin saber. Que fluye dentro de los amantes pasajeros, las caricias cómplices y los besos apasionados. De los encuentros y los desencuentros. De ese piel con piel que desnuda el alma. La desgarra. La hace pedazos sin hacerla menos. Se convierte en conocedora de nuevas formas de querer.

Querer con compañía. Querer a la compañía. Quererte solo a ti. Solo a ti en un espacio íntimo, cuando el cansancio vence a los ojos y tu mano acaricia mi cara. Pasando de mi cien a mi barba y marcando un pequeño camino que se ha de repetir lo que yo quisiera fueran un sin fin de vaivenes. De mi casa a tu cama. A tus piernas. A ver tu espalda perfectamente lisa subir y bajar, emanando ese dulce olor a coco que me hace besar tanto como puedo. A abrazarte y quedarme dormido esperando que el sueño se convierta en día a día. Y que ese día a día siga fluyendo a tu lado. Mentiras que me cuento a mi mismo sabiendo que lo efímero es lo constante y que las ansias que me comen son las mismas que podrían alejarte.

¿Te quiero? Te quiero en tus palabras que nos hacen conocernos de tiempo, que me hacen verme en ti y en mi y en el desfile de hombres que comparten nuestro encuentro. En ese anonimato que con el cariño suficiente se convierte en amor. En un amor crudo que vibra y que estremece mi cuerpo. Ese amor que nutre el alma y que debe ser dosificado para evitar el sofoco. Porque los días se sienten como semanas y los besos como historias de amor contadas cada noche de manera distinta.

Te escribo desde esas ansias de asfixia. Desde ese querer más. Desde un te escribo para no enamorarme más sabiendo que es inevitable. Te escribo porque quiero deshacernos. Te escribo para plasmarnos. Te escribo porque pienso en tu amor repartido del que quiero un poquito más, siempre mientras sea ahora. Mientras esta magia de lo nuevo-viejo me siga quemando. Mientras esta chispa reavivada que comenzaba a apagarse sea una flama que me grite que corra y que corra para vivirlo de nuevo tantas veces como sea posible. En un vaivén de mi casa a tu espalda. De mi barba a tus yemas. De tu boca a la suya y a la mía y a la tuya. A un abrazo que nos funda en el placer de repetirnos sin saber hasta cuando. Sin saber por qué o para qué. Te quiero.

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